
“El caos es la ley de la naturaleza; el orden es el sueño del hombre”. Henry Brook Adams
Hace pocos días expiraba el año 2009 con una cartelera rebosante de propuestas cinematográficas aunque un tanto magra, según algunos, en lo que a cine interesante se refiere. A veces la memoria nos juega malas pasadas; también la distribución, que no estimula demasiado su ejercicio y hace casi invisible la presencia de algunas perlas cinematográficas, que pasan a hurtadillas por aquí y por allá, y en escaso margen de tiempo, por diezmadas salas de exhibición. Tanto es así, que gran parte del público tendrá de esperar su edición en dvd para ejercer su derecho a gozar –sí, dije gozar- de aquello que se nos privó o que, huérfano del bombardeo mediático del que disfrutan algunos chuzos comerciales, desconocíamos existiera.
Este es el caso del filme que hoy creo oportuno reivindicar. Ganador del Globo de Oro a la Mejor Película Extranjera 2009 y nominada al oscar en la misma categoría, consiguió hacerse un hueco en los corazones de más de un cinéfilo. Y méritos no le faltan ¿Película de ficción, semidocumental, cinta de animación?, planteó serios interrogantes a los miembros de la Academia en cuanto a su calificación y ubicación idónea. Fuera como fuera, no hubo ninguna duda, como no la hay ahora, de su valor cinematográfico en toda su dimensión genérica fronteriza.
De estreno tardío en España, en febrero de 2009, recontar su tránsito huidizo, pero glorioso, por las salas de cine nacionales es, cuando menos, un ejercicio sano, también vergonzoso, de memoria cinematográfica. Un mérito insignificante si prestamos atención a lo que nos cuenta la cinta, de factura innovadora y refrescante, y el cómo lo hace: hipnótica y grave en su narración; compleja, rica y descarnada en su posterior reflexión.

La semiautobiográfica película de Ari Folman, Vals con Bashir, visita la guerra de dentro a fuera y de fuera a dentro, indagando en la misma naturaleza del ser humano, analizando los mecanismos de la memoria, y cómo el horror y la culpabilidad afectan a la misma. El impacto del reconocimiento es demoledor, aunque conlleve recobrar la propia identidad y, sólo tal vez, la conciencia.
Ari Folman, director y guionista judío, era un joven soldado sirviendo en las Fuerzas de Defensa israelíes, el Tsahal, en 1982, durante la ocupación del ejército israelí del sur del Líbano, testigo pasivo de la masacre que llevaron a cabo falangistas cristianos libaneses, sus aliados, en los campamentos de refugiados palestinos de Sabra y Chatila. El derramamiento de sangre se produjo después del asesinato del presidente cristiano del Líbano, Bashir Gemayel. Pero ya desde el principio, la crueldad más grotesca y sanguinaria guió las acciones de la milicia cristiana hacia terroristas y, sobretodo, civiles palestinos.
La película es la particular tentativa de Folman de recuperar experiencias borradas de su memoria a causa de la confusión de sus traumas de combate y la historia de su familia en Auschwitz. Folman ha concebido este audaz trabajo como una suerte de documental animado, más que ficción narrativa de los hechos, al estilo de la novela gráfica de Art Spiegelman, Mauss, sobre el holocausto. La animación se articula como un perfecto ingenio de distanciamiento brechtiano, manteniendo a los espectadores a un paso de la acción de modo que permite la reflexión sobre la áspera ironía de la narración. Pero, en realidad, no hay distancia en absoluto. La mezcla sin precedentes de ferocidad y sensibilidad que el ilustrador principal de Folman, David Polonsky, insufla a sus imágenes, junto a la mirada franca de Folman, interiorizando y organizando sus recuerdos perdidos de la guerra, crea una atmósfera táctil que te mantiene en vilo y bajo su yugo de principio a fin.

El filme se distingue en el tratamiento técnico de la animación, cruce de caminos heterodoxo que invita, con tosquedad cinética, a la reflexión y el análisis de los los fantasmas del pasado que conjura. Recuerda someramente las técnicas de animación que utilizó el realizador Richard Linklater en algunos de sus filmes, como Waking Life y A Skanner Darkly. De concepción híbrida, mezcla de animación clásica, flash y de 3D, la textura de sus dibujos no dota a sus personajes de toda la vida que algunos desearían, pero por el contrario son idóneos y contundentes para recrear escenas oníricas, así como el surrealismo de todo conflicto bélico: el dolor personal y colectivo, el horror de los actos cometidos, la supeditación a las órdenes de destrucción y la obediencia ciega al sin sentido. Un delirio real y asfixiante en el que cualquier otro formato animado habría perdido la partida, pues sabe mostrar la crudeza subyacente del conflicto, la del hombre y el de la guerra, teñido sabiamente por el lirismo de las imágenes y la brillante elección de la banda sonora, con temas de Strauss y Bach y soberbio score de Max Richter, autor de la música de la película.
Muchos encontrarán emocionante la densidad audiovisual de la película; otros, en algún momento, pueden percibirla como agotadora. En cualquier caso, el doblaje contribuirá a diluir el mayor activo del filme: su autenticidad innegable, mucho más contundente en versión original.
La película descubre las virtudes de un narrador honesto, franco. Ari Folman es una maravilla fraguando el carácter del filme: un sofisticado y lacerante observador de sí mismo que, inexplicablemente, emerge como una tabula rasa cuando se trata de su experiencia durante la guerra. Vals con Bashir es un filme antibelicista que convierte en una suerte de odisea la forma en que Folman rellena los espacios en blanco de su vida. Las imágenes son a veces más extrañas que la ficción, en algunas ocasiones simplemente hiperreales. la secuencia inicial llama a convertirse, por derecho propio, en un clásico del cine, con los perros rabiosos corriendo por las calles de la ciudad, mostrados en un travelling frontal y moral, como señalaba Godard, muy largo. Persiguen a un amigo de Folman y exigen que éste desaloje su apartamento; un sueño arraigado en acontecimientos: Durante su servicio en el Líbano, este amigo, incapaz de pegar un tiro a objetivos humanos, fue asignado para eliminar, con precisión quirúrgica de francotirador, a los canes de los pueblos palestinos, que alertaban con su aullido de la presencia cercada de patrullas enemigas. Guarda un recuerdo para cada uno de ellos: 26, ni uno más ni uno menos.

Normalmente, una apertura de este tipo haría que el resto de la película se resintiera. No es así en Vals con Bashir. La narración del sueño, que un amigo le cuenta a Folman entre copa y copa, desencadena la nebulosa de éste, con ecos alucinantes de la guerra del Líbano, incluyendo una visión de Folman y dos compañeros desnudos que surgen del mar en la noche, con el transfondo de Beirut en llamas. Toda la película exuda un fluído y desorientante terror, de la peor especie: la realidad pendiente de aceptar.
Registros de guerra como un desgarrón en el tejido mismo de la civilización, uno que libera los fantasmas, como la visión de un hombre, Folman, de una mujer desnuda gigantesca que emerge del mar para rescatarlo de un buque de transporte. La aleatoriedad de las batallas entre las tropas organizadas y un enemigo disperso en inferioridad numérica, y la arbitrariedad de la muerte en combate, rara vez se han podido sentir antes en un filme con más empatía y efecto de shock , al mismo tiempo. La anarquía de la supervivencia, envuelta en un clima de misiones bélicas, del tipo detectar y eliminar, o de escaramuzas de francotirador, orada la epidermis del espectador y se instala irremediablemente en el cerebro. Incluso durante los momentos más plácidos del viaje de Folman para encontrar la verdad, uno llega a temer cada paso que da, inseguro de las revelaciones de horror que reventarán en tu cara.
Cada participante en la investigación de Folman es un adulto plenamente formado con un punto de vista desarrollado, desde un jefe de escuadrón, atormentado por la culpa de sobrevivir a sus hombres, a Ron Ben-Yishai, famoso corresponsal de guerra israelí, que cuenta como informó a Ariel Sharon de la matanza que se producía en Sabra y Chatila. Por desgracia, en vano.
Así hace el director, que no permite que posibles resquicios de solemnidad detengan su creatividad. Lo que empieza como una odisea introspectiva que examina los efectos de la guerra en los jóvenes soldados israelíes se transforma en una provocativa exposición sobre la masacre de Sabra y Chatila. ¿Colaboradores involuntarios o testigos complacientes? Pero la última palabra no será su trauma emocional, sino la cruda realidad del suceso en sí mismo, que recorre como un calambre existencial la peripecia completa del filme.
Hacia el final de la película, Folman gira la cámara a las consecuencias, que fueron tan brutales e imperdonables y que él bloqueó en el extrarradio de su memoria. Esta vez no hay negación, no hay triunfo, sólo el triunfo del cine que sabe ganarse, a todas luces, la empatía emocional del espectador.
Tema Andante-Reflection (End Title). BSO Waltz with Bashir, de Max Richter.
Muy recomendable, pues, su recuperación.
Comentarios
Creo que esta cambiando esa percepción, y supongo que algo tendrán que ver esta nueva hornada de directores que se atreven con el formato y que junto con productores que arriesguen el dinero en estas producciones, cosa que no abunda tampoco ayuda a ampliar este tipo de cine.
Proyecto basado en la famosa novela de ciencia-ficción de Stanislaw Lem, "Congreso de Futurología", con su famoso personaje el astronauta Ijon Tichy.
Intérpretes confirmados -no sólo voces-: Harvey Keitel, Paul Giamatti y Robin Wright.
A bastantes, si me permitís la expresión, 'se la soplará', pero con este director, el formato, los intérpretes y una obra de Lem de Ci-Fi , la producción apunta maneras más que... ¡impresionantes ! Va por los que saben lo que digo, o quieran saber más...Para Karpersky y Nacho, también, por supuesto, agradeciendo sus comentarios.
Un análisis notable para una película sobresaliente.Felicidades.
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