
Pero ¿de verdad, de la buena, No habrá paz para los malvados ? Se perfila el esbozo de una voz de desafío, a la incompetencia y a la corrupción. La espera colectiva de un tipo, a vueltas de todo, que le plante narices a la amoralidad oficialmente extendida y destripe todo el negocio. Acabáramos. Disculpareis la patada en la puerta. Tanta película, jazz y novela negra marcan a uno, digo yo; y si me apurais, también el bourbon tuvo algo que ver, en horas oscuras, con la humildad de un Jim Beam etiqueta negra, pero no tan noir -¡estos franceses!- como la última cinta que el director vasco Enrique Urbizu nos graba en el disco duro. A lo primero, y no es ironía, uno tiene la sensación de que lo nuevo del cine negro internacional es de gatillo fácil y dispara con título largo y denso, como un aperitivo para abrir boca, preparando el fastuoso festín del convite, tipo bodorrio pero en triste. A mí, personalmente, tanta recitación me da sed. ‘¿Qué has visto esta semana?’, preguntaba un colega cinéfilo: antes, El hombre que nunca estuvo allí (hermanos Coen, 2001), No es país para viejos (Coen, 2007), Antes que el diablo sepa que estás muerto (Sydney Lumet, 2007) y, ahora, No habrá paz para los malvados (Urbizu, 2011). Como de niño, cuando se te atraganta la lección: sujeto, verbo y predicado, a palo seco. Nervios, agotamiento, sed y un trago de algo, si te dejan, para aclarar la boca ya pastosa.
Sujeto, verbo y predicado, decía. En este sentido, la última película de Enrique Urbizu adopta caligráficamente el cine negro de manual, el estereotipado, de un policía en horas bajas que, por azar, tiene que ponerse las pilas y volver a trabajar ‘de verdad’ en un caso que lo implica, y lo hace siguiendo los cánones; una hoja de ruta en tres actos: el sujeto, la presentación del antihéroe y las circunstancias que lo encierran en su vagabundo malvivir; el verbo, un desencadenante con una trama oscura, plagada de complejas ramificaciones, que enlaza con otro asunto sucio, más antiguo, que enturbia la conciencia del protagonista; y un predicado que, aún siendo previsible, cierra de forma eficaz e impactante el círculo de fatalidad que respira la historia en todo momento. Sin moraleja y como manda el modelo.

Parece que el realizador Enrique Urbizu le ha cogido el gusto a esto del thriller y el registro dramático. Y es de agradecer. Me perdonareis, pero nunca parecieron gran cosa sus incursiones de bajo calado en la comedia ligera (Tu novia está loca, Como ser infeliz y disfrutarlo, Cuernos de mujer), difuminando el valor de un nombre que, en cambio, sí apuntaba maneras en su segundo trabajo como realizador, y verdadera opera prima, Todo por la pasta (1991). Si ésta marcó una impronta profética en la trayectoria profesional del director, mezcla genuína nacional de road movie y thriller desmadrado, su pista se pierde durante años hasta que dirige por fin, con todos el reconocimiento, su famosa La caja 507 (2002); un notable y modélico thriller de contagioso frenesí, con toda la idiosincrasia y contemporaneidad española, insultántemente predictiva, entorno a las orillas del pelotazo y el fraude inmobiliario. Un año después entregará La vida mancha (2003), donde Urbizu se consagra como un raro retratista dramático, sobrio pero de cuidada intensidad. Contra todo pronóstico, los medios y la crítica –reconozcámoslo- ningunearon la importancia de este ‘rara avis’ cinematográfico, señalando el principio de un largo periodo de ostracismo del director, sólo recuperado 8 años después para su último trabajo, hoy, más negro que nunca...

De inmediato un nombre me viene a la mente, Santos Trinidad. O, lo que es lo mismo José Coronado. Porque, si bien la película “No habrá paz para los malvados” está dirigida por el cada vez más solvente Enrique Urbizu, para mí es una película de José Coronado, que deja su impronta en todo el metraje, tal y como hacían Bogart, Robinson y Cagney en sus momentos de gloria.
Siempre me cayó bien este actor amable y donjuanero, primer prototipo del galán español ‘democrático’ que nos dio el cine español en los años ochenta y transformista comodín del cine ligero nacional en los noventa. Por fortuna, en la última década, muda el pelaje y el registro interpretativo, pasándose a un género dramático que le hace madurar y brillar. ¿Es casualidad que en La vida de nadie borde el drama de un padre farsante y fracasado para, luego, en La vida mancha asumir el rol de cuño distorsionador en el marco de un triángulo familiar, con idéntica convicción? ¿No interpretó a un contundente ex –policía corrupto en La caja 507, crispándonos los nervios y pinchando nuestra vena revanchista, hincando hombro con hombro, junto a Resines? A José Coronado le llega algo tarde el reconocimiento, pues ni él mismo podía ser consciente de lo bien que manejaría los papeles fronterizos hasta que los hizo.
Y hablando de fronteras…El punto de partida anuncia un thriller terroso de ambiente turbio, donde Santos es un policía indolente en decadencia, alcoholizado, tosco y algo borde, con inclinación a la irritabilidad; desaliñado, de mirada dura y distante -al punto que sugiere tristeza, un secreto-, voz quebrada y cortante bañada en un rostro sin afeitar, con su melena leonada y de corpulencia fornida pero descuidada, dispara ya de un vistazo, como un semáforo, la señal de alarma. Coronado, con una interpretación física difícil e impecable, imprime con cada gesto tensión. En conclusión, un personaje hosco y temible, uno que asusta e irradia misterio y, por ende, ganas de saber de él, obligando a seguirle la pista atándolo corto y prestar atención a sus pesquisas con interés y preocupación; y, al final, por puro instinto, con admiración contenida. En una noche más de borrachera, y en su última copa, liquida a sangre fría a tres personas en un club de chicas. En apariencia, un arrebato de furia descontrolada, colofón de poco más de veintitantos minutos de arranque cinematográfico escalofriante, que marca las bases de una trama más compleja y peligrosa de lo que aparenta la casualidad del momento. En realidad, sólo la epidermis de una historia que se apoya en los patrones del ‘negro’ para atraernos, con sutileza, a unos hechos más próximos y sucios de lo que creemos. Cine de género que tiene aire de pesimismo fatalista y transcurre en una sociedad violenta, corrupta y falsa que amenaza al héroe y el equilibrio social. Madrid, siglo XXI. La búsqueda de un testigo ocular del crimen se empadrona con el narcotráfico colombiano en cóctel posible con el terrorismo islámico, remite verosímil de historias reales, unas más viejas mezcladas con las nuevas. De trasfondo, el inevitable eco del juicio del 11-S, un sistema judicial con arena en los engranajes y diferentes departamentos de la policía que se pisan entre ellos y no colaboran como debieran, favoreciendo los intereses de ‘los malvados’. Nuestro héroe ‘Santos’ siempre avanzando, con empeño y testarudez, a un paso por delante de la investigación oficial.

Una lástima que el resto de la historia no esté a la misma altura. Y esta es una de los posibles trabas con las que tope el espectador: una trama compleja y densa, plagada de sutilezas y silencios, que trata de cubrir tanto terreno al mismo tiempo, manteniendo el misterio, que igual atrapa al espectador con talento, en un derroche de energía inicial, como pierde fuelle y se deshilacha en un nudo argumental espeso, que pende de un mero ‘porqué’; varando a la audiencia en una tela de araña extra, si pierde detalle y no interpreta las veladas pistas correctamente.
Desde el punto de vista iconográfico, el filme de Urbizu es fiel a las reglas, aunque reformulando los clichés a un panorama nacional más cercano y moderno. Además de la imagen ‘negra’ típica del protagonista, solo en alguna barra de un bar o en una habitación desolada, a oscuras o iluminado por los flashes intermitentes del neón, desfilan los pasillos en penumbra, los bares cutres en el centro de la ciudad, clubs de alterne o lujosas –y más consensuadas- discotecas de moda, símbolo probable del poder y la ascensión del ‘lavado de dinero’. La noche urbana a modo de frontera imaginaria entre legalidad y delincuencia. Habita en el filme también el objeto fetiche: gafas oscuras, espejos y reflejos, cigarrillos humeantes, consumo de drogas, teléfonos –ahora móviles-, cubatas de ron con cola y guiños al anís ‘del mono’, como homenaje kitsch en justa compensación del típico whisky barato de la filmografía Houstiniana, la de Lang o la de Orson Wells. Putas, camellos, confidentes, lumpen y fauna ibérica nocturna de distinto color rinden su tributo en los aledaños próximos de los barrios madrileños, completando el cuadro.

Sin embargo, ni tan claro ni tan puro, el filme de Urbizu no se rinde al camino recto del género y apunta cambios, huele a redefinición aunque no necesariamente con éxito. Como antes hicieran los Coen, se sube tímidamente al carro del experimento neo-noir, con mirada Langiana. Nada de femme fatale , glamourosamente ataviada y maquillada, que tiente o distraiga a Santos del cometido que lo impulsa. ¿Familia? Tal vez sí, como un apunte que te deja igual en la inopia con respecto al resto de su bagaje vital. Y buenos silencios, tanto como abuso de ellos, con demasiados huecos por llenar, destilando un exceso de imprecisión y exigencia de detalle. Por no mencionar los diálogos sacrificados en nombre del rol de la ‘santísima trinidad’ y de su callada cruzada; esos diálogos cortantes y cínicos, tan cinematográficos, que nos ha regalado la filmografía de género y que aquí apenas asoman tímidamente la nariz en un par de escenas. De la música cinematográfica mejor no hablar.

Pero si hay un error que oxida el argumento y ralentiza su ritmo narrativo, ese es el del perfil poco atractivo de los secundarios. Al contrario que en la obra más redonda de Urbizu, La caja 507, el cartel de actores no nos brinda adecuada réplica al que es protagonista absoluto del filme: un Coronado magnífico que se queda ‘solo ante el peligro’, y en el que recae por entero la responsabilidad de mantener el interés. Entiéndase bien, los actores son eficientes y nos brindan una interpretación correcta pero casi como labor de acompañamiento, sin identidad ni participación vital en la trama: reducidos a meros esbozos que ejecutan el extraño papel de narradores de la historia, que alternan con su testimonio ahí donde intervinieron, y cuentan objetivamente aquello que vieron, presenciaron o conocen de los hechos y del protagonista. Una suerte de artificio de ‘voz en off’ coral manipulada que no acaba de rentabilizarse. Destacan en esta incómoda ‘papeleta’ –nunca mejor dicho- el policía Leiva (Juanjo Artero), compañero de promoción del protagonista, la joven e inexperta juez Chacón (Helena Miguel), o el inocente compañero de Santos, Rodolfo (Rodolfo Sánchez). Los malvados corren peor suerte, si cabe.

Total, un buen thriller que sin apasionar sí que se ve con facilidad, con una notable interpretación del Santos-Coronado y una dirección elegante y ajustada de Urbizu, en el guión (con Michel Gaztambide). Un guión algo confuso en partes importantes -no se si disculpable- que nada en la linealidad y un tono demasiado plano, reclamando réplicas y diálogos interesantes que complementen a nuestro ya cercano antihéroe, cuando éste desaparece de la escena. En contrapartida, un delicioso descenso a los infiernos teñido de un halo de fatalidad que, sólo por el sólido argumento y composición del personaje que lo impulsa y la antológica escena final que rubrica, justifica de por sí el visionado de este filme. En esta ocasión, Coronado salva con honores a Urbizu, cuando antes fue a la inversa, y alimentan ambos la esperanza de un nacimiento tardío del género negro español, más interesante, crítico y alimenticio para la materia gris que todas las plasticidades y poses autorales juntas de las comadres nacionales consagradas.
Si en las primeras incursiones del género negro norteamericano, allá por los años cuarenta, aflora el realismo desencantado de la posguerra, ahora no somos menos y seguimos, a la zaga, pegados a tan frustrante sentimiento. Eso es, en definitiva, el noir: marginalidad, desencanto y fatalidad. Una filmografía que ahora nace en las brasas de la crisis, la globalidad y la frustración, y que nos fuerza a la reflexión atando cabos. Cruda, calculada, adictiva y fría, una película que tal vez pasará desapercibida, tanto como la realidad que nos acompaña en el día a día. Atemos cabos, pues.
Calificación: 7 sobre 10 (6 Urbizu + 8 Coronado)
Trailer Oficial HD. No habrá paz para los malvados
Comentarios
http://www.facebook.com/CinesDreams
Muchas gracias y viva el cine.
Me llaman la atención tus alusiones a lo langiano y houstoniano,que no había leído en otra parte,ni todo el mundo es consciente.Sí,este filme es langiano a tope,sin humanizaciones ni exposiciones psicológicas que nos acerquen a Santos Trinidad,salvo por sus acciones.En Fritz Lang lo importante es la lucha y la plasmación del enfrentamiento, no la conclusión que habitualmente es insatisfactorio .Houston,en cambio,nos aproxima a los personajes,huma nizándolos y haciéndonos saber de ellos,simpatiza ndo con éstos(como Tarantino).
Suscripción de noticias RSS para comentarios de esta entrada.