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Uno pudiera pensar que con lo abultado de la oferta cinematográfica que nos ofrece la cartelera siempre encontraremos algún filme que nos llene y, egoísta que es uno, nos sacie el sentido de la maravilla que encierra esto de ver películas. Pero no es así. Vamos al cine, pagamos la entrada y, si conviene, el moderno impuesto revolucionario de las gafas 3D, nos chupamos la película entera y, al final, al salir de la sala, compartimos un menguado ‘no estaba mal’ o un alicaído ‘era entretenida’ con el partenaire de turno, en el mejor de los casos.






