
Probablemente, Thirst (Sed), la última película del realizador coreano Park Chan-wook, sea una de las propuestas cinematográficas más difíciles que me haya tocado comentar. Siento un enorme respeto por la filmografía de este director; en especial, por las tres películas que conforman la llamada “Trilogía de la Venganza”, donde Old Boy –la segunda, por orden de realización- se ganó, por mérito propio, un lugar en mi particular elenco de películas favoritas.
Público, por conocido y difundido hasta el hartazgo, es el hilo conductor de Thirst: el vampirismo, en el que todos los medios parecen haber fijado su atención, obsesivamente. Una de vampiros, sí –dicen-, pero una visión particular del vampirismo –afirman a continuación-. De esta guisa, y a grandes rasgos, la película cuenta la historia de un sacerdote católico coreano, piadoso y entregado a su labor humanitaria con enfermos infecciosos en un hospital. En un arriesgado acto de fe, se presta como conejillo de indias para probar una vacuna en África y contribuir en la cura de una enfermedad infecciosa mortal. Las cosas van mal y sucumbe igual que los demás voluntarios. En un desesperado intento de salvarlo, es curado milagrosamente por una transfusión de sangre que altera profundamente su propia biología. La noticia del milagro atrae a peregrinos que esperan beneficiarse de su gracia. Entre ellos, el joven sacerdote Sang-hyun (Song Kang-ho) encuentra a la madre de un conocido de la infancia, y a su esposa Tae-joo (Kim Ok-bin). Es irremediablemente atraído por la joven..., así como arrastrado por un apetito extraño e irrefrenable por la sangre. Para su horror y vergüenza, se ha convertido en vampiro.
Esta adicción, y como nos la cuenta el director, es lo que nos interesa.






